"La soledad es a veces la mejor compañía, y un corto retiro trae un dulce retorno."John Milton.
Después de casi tres años regreso, y vuelvo como marinero a tierra firme después de haberse embarcado durante meses en una aventura. Aventura, de la que ni siquiera sabía si iba a regresar pues bien es sabido por todos los peligros que guarda la mar.
Y es que al igual que un marinero, que tras varios meses aislado y viendo su mundo reducido a las dimensiones del casco de su embarcación, se pega de bruces con la realidad al regresar a casa después de tanto tiempo, algo así, es lo que me ha pasado a mí. Se me habló de todo lo que iba a ganar, y por más que leí y releí el contrato, sonaba tan tentador, que decidí que navegar era mi asignatura favorita, aunque me asustara la pleamar. Recalcar que en ningún momento, nadie me advirtió de todo lo que podía perder, ni siquiera que existía ese riesgo.
Y perdí.
¡Vaya que si perdí! Pero… aún perdiendo, el amor a la mar era más grande que la desolación que sentía tras la tempestad. Y tenía miedo. Miedo a no saber vivir fuera de ese barco, miedo a echar de menos la vida en él y sí… era el miedo a lo nuevo el único aliciente que tenía para permanecer en él al menos en los últimos meses.
Pero terminé por entender que por muy bonito que sea el barco y por muy emocionantes que fueran las tempestades, la calma hacía de aquello una prisión, y nunca una prisión ha sido ni será hogar. Y yo era lo que buscaba, sentirme en casa.
Me terminé cansando del perpetuo sabor salado en mi boca y regresé a tierra firme, completamente desorientada.
Fue en aquel entonces, cuando entendí que al final me había enamorado de la mar y de su forma particular de querer, y no de la vida en el barco. Me había enamorado de su libertad. Y ahora, ahora quiero ser como ella: salvaje, incontrolable, libre e inmensa.
Mi miedo a vivir fuera del barco se ha convertido ahora en miedo a embarcar de nuevo.
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